17 de agosto de 2026

Mallorca 1820: hallazgo científico revela la última gran peste de Europa

Pintura histórica sobre la peste de Marsella usada como imagen de la investigación sobre la epidemia de Mallorca de 1820

Un conjunto de partes sanitarios que sobrevivió más de dos siglos ha permitido reconstruir, casi día por día, la última gran epidemia de peste de Europa. El hallazgo científico sitúa a Mallorca en 1820 como un laboratorio histórico inesperado: los investigadores concluyen que el brote fue mucho más letal de lo que se creía y que las medidas de aislamiento, aplicadas sin conocer la bacteria, evitaron que la enfermedad alcanzara el resto de la isla.

La investigación, difundida este lunes y publicada en la revista científica PNAS, se basa en informes que los pueblos afectados enviaban diariamente a la Junta Superior de Sanidad. Los documentos, conservados en el archivo de la Real Academia de Medicina de las Islas Baleares, registran contagios y defunciones por edad y sexo, además de describir la situación local. Algunos fueron desinfectados con vinagre antes de salir de las zonas enfermas, un detalle que hoy parece insólito y que ayuda a explicar por qué se conservaron.

Un archivo convertido en radiografía epidemiológica

Con esos papeles, especialistas en historia y matemáticas aplicaron herramientas de epidemiología moderna a un episodio ocurrido entre mayo y octubre de 1820. La peste se concentró en Son Servera, Artà, Sant Llorenç y Capdepera, en el extremo oriental de Mallorca. En promedio, la tasa de fatalidad entre las personas infectadas alcanzó 78%, una cifra que obliga a revisar la idea de que se trató solamente de peste bubónica.

Los autores plantean que la peste neumónica y la septicémica tuvieron un papel importante. La primera se transmite mediante partículas respiratorias; la segunda puede vincularse con el contacto con heridas abiertas o cadáveres. Ambas formas suelen avanzar con una rapidez y gravedad superiores a la variante bubónica asociada con vectores como pulgas o piojos. El estudio no descarta por completo esta última vía, pero la mortalidad observada resulta demasiado alta para atribuir el desastre únicamente a esa forma.

La historia local también conserva una explicación casi legendaria: un pastor habría recogido el sudario de un marinero infectado y se habría convertido en el primer enfermo. La documentación disponible apunta, sin embargo, a una descarga ilegal cerca de Son Servera, probablemente relacionada con una embarcación procedente de Tánger. La combinación de contrabando, comercio marítimo y falta de información médica convirtió a una zona costera en la puerta de entrada de una tragedia que dejó una marca duradera en la isla.

El aislamiento que frenó la catástrofe

La lectura moderna de los registros arroja otra lección llamativa. En Son Servera, donde el impacto fue mayor, 1,340 de los 1,684 habitantes resultaron infectados. Los investigadores estimaron allí un número básico de reproducción de 1.3. Aunque parece moderado frente a otros patógenos conocidos, era suficiente para mantener la transmisión. En Capdepera, en cambio, el indicador se mantuvo por debajo de uno, una diferencia relacionada con las restricciones adoptadas durante la crisis.

Las autoridades de 1820 no sabían que combatían a Yersinia pestis, ni contaban con antibióticos, que llegarían más de un siglo después. Aun así, levantaron un triple cordón sanitario: aislaron los pueblos entre sí, los separaron del resto de Mallorca y dividieron dentro de cada localidad a las personas enfermas de las sanas. A ello se sumó un bloqueo naval y presencia militar. Fuera de la zona cerrada solo se documentó un caso en Manacor; más de 40 pueblos evitaron el brote.

La rareza de esta noticia no está solo en la escala de la epidemia, sino en que un archivo de hojas avinagradas haya funcionado dos siglos después como una especie de tablero de control sanitario. El estudio transforma una memoria de miedo, cuarentenas y rumores en datos que permiten medir una emergencia pasada y entender por qué el encierro salvó miles de vidas. Mallorca de 1820 queda así como un episodio histórico tan oscuro como revelador: una epidemia reconstruida con precisión científica desde los papeles que intentaron sobrevivirle.

Fuentes: EL PAÍS y PNAS.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *