6 de octubre de 2022

Tocan palos: La Feria

Sr. López

Una peculiaridad de nosotros los tenochcas simplex, es el culto al eufemismo, más allá de lo que es según el diccionario: “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”; aunque lo nuestro raya en cortesía excesiva, cuando no sumisa.
Para entender nuestra preferencia por expresarnos muy modositos, sirve recordar la vida del azteca común y sus pueblos súbditos, cuando los mandones de entonces si andaban de malas, se los merendaban (la receta original del pozole era con carne humana, chéquelo). Eso hace prudente a cualquiera, en especial al hablar.
Luego, 300 años como Nueva España abonaron a nuestra sesgada manera de decir las cosas, porque aviva mucho el ingenio ver la cabeza del vecino claridoso, dentro de una jaula colgada en la esquina de la Alhóndiga para ni mencionar después, el “mátenlos en caliente” de don Porfirio y los 70 años de PRI imperial, cuando era más recomendable comer caca que decir lo que uno pensaba, por lo que la hora era la que dijera el-señor-presidente, obsequiosa sumisión resucitada en pleno siglo XXI, el 1 de diciembre de 2018, para más detalle.
Dejemos a los especialistas en lingüística-nacó, el estudio de nuestro mexicanísimo no llamar a las cosas por su nombre, que ellos desentrañen nuestras comedidas cortesanías para por ejemplo, no llamar inválidos a los inválidos (en la remota infancia de su texto servidor, no era ofensivo llamar inválido al lisiado, ni eran majaderías, tullido, mutilado o impedido), y los malabares que hemos hecho con el lenguaje para diluir la realidad llamándolos “minusválidos”, luego “discapacitados”, de “capacidades diferentes” y ahora, de “capacidades especiales”, para decirles sin decírselos, que son inválidos (que no valen para subir escaleras o brincar la reata, lo que no les disminuye un ápice su valor como personas, sino que muchas veces se los acrecienta). A este paso alguien dijo, vamos a llamar al que va en silla de ruedas, ciudadano autodesplazable, igual que a las cárceles les llamamos centros de readaptación social (¿ahí van si fueron adaptados y les toca su segunda vuelta?… digo: “readaptación” sería eso), y a los presos, “internos”, no se vayan a sentir el Mochaorejas, la Mataviejitas o el Pozolero.
Pero así somos, el baño es “tocador”; el amante, “pareja”; la mesera, “señorita”; la víctima inocente, “daño colateral”; las putas, “trabajadoras sexuales”; parir, “aliviarse”; “abatido”, el muerto a tiros; “interrupción voluntaria del embarazo”, el aborto. La tortura ahora es “obtención ilícita de pruebas”… y pipí, popó, pirinola, paloma, poco agraciada (y este junta palabras confiesa que habla como todo nacido en esta tierra y no tolera al patán que dice lo que va a hacer al baño).
Lo comento por algunos casos, no tantos pero no tan pocos, en los que la edulcoración del idioma esconde discriminación, pongo a usted el caso típico de la palabra “indio”, cuando en el pleistoceno mexicano, a los niños nos enseñaban los maestros, reventando de orgullo, que Juárez era indio y hoy está prohibidísimo decir el término, siendo hermosa palabra y dignos todos ellos, pero al llamarlos “habitantes primigenios”, “indígenas”, “población de etnia minoritaria”, lo que estamos haciendo es aceptar implícitamente, que ser indio en México, es una birria.
Con este telón de fondo es que se entiende lo tanto que molesta a mucha gente, el estilo corriente, basto, grueso, soez, ordinario, burdo, tosco, procaz, vulgar, rudo y grosero, que usa el Presidente Andrés Manuel López Obrador para referirse a cualquiera que cometa el pecado de lesa presidencia de no estar de acuerdo con él o con sus actos y omisiones, como Ejecutivo (y antes como candidato).
Hace mucho citó este menda de don Gabriel Zaid, la lista de epítetos que usa nuestro Jefe de Gobierno, Jefe de Estado y Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, sin que lo apene tener el escudo nacional en el atril desde el que diario se dirige a la nación y cuando le tercia, insulta sin decoro al que se le antoje, van algunos:
Achichincle, alcahuete, arrogante, blanquito, camaján, canallín, chachalaca, conservador, espurio, farsante, fichita, fifí, fresa, gacetillero, hampón, hipócrita, huachicolero, machuchón, mafiosillo, maiceado, malandrín, mañoso, matraquero, mentirosillo, minoría rapaz, ñoño, obnubilado, oportunista, palero, pelele, perverso, pillo, piltrafa moral, pirrurris, ponzoñoso, represor, riquín, señoritingo, sepulcro blanqueado, simulador, siniestro, títere, traidorzuelo, vulgar, zopilote. Y se dejan sin transcribir otros más; si le interesa busque de don Gabriel: ‘AMLO, poeta del insulto’… no tiene desperdicio.
Por ese su estilo digamos, desenfadado de hablar y descalificar, es que también molestan mucho a muchos, las señaladas excepciones en que se muestra delicado y cuidadoso y hasta presto a pedir disculpas, contra su habitual pertinacia, como cuando el 20 de octubre de 2020, en su mañanera desde Palacio, dijo: “Se llegó a decir de que El Chapo estaba entre los más ricos… no me gusta decirle así, Guzmán Loera, ofrezco disculpa… ni tampoco estaba entre los más ricos del mundo”. ¡Áchis!
Lo mismo muchos brincaron al oírlo decir cuando visitó al tal Trump en la Casa Blanca cuando era presidente de EU y sin despeinarse le dijo: “(…) quise estar aquí para agradecerle (…) a usted presidente Trump, por ser cada vez más respetuoso con nuestros paisanos mexicanos (…) lo que más aprecio es que usted nunca ha buscado imponernos nada que viole o vulnere nuestra soberanía” ¡Y retiemble en sus centros!
Apunta ese comedimiento presidencial a algo reñido con el valor civil o como diría alguien: “se arruga” y por el contrario, con Joe Biden, que es señor educado que sabe discutir y oponerse sin insultar, confunde decencia con debilidad y abusa, como sabemos que acostumbra.
El gobierno de los EU ha dado prueba sobrada a lo largo de su historia, de que si no consiguen las cosas con buenos modos, imponen la realidad a palos. Tocan palos.

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