20 de septiembre de 2022

Tiempo litúrgico : La Feria

 

Sr. López

Hace más años de los que es prudente aceptar (le echan a uno cuentas), un estimado y respetable sacerdote, doctor en Derecho, Historia y Teología, contó a este menda sin romper el secreto de confesión, que hacía mucho había ido a buscarlo a su casa el chofer de un político “conocidísimo, del más alto nivel en México”, ya retirado y muy anciano (su texto servidor, infirió, quizá equivocadamente, que se refería a algún expresidente de la república), para decirle que su patrón lo invitaba a su casa para “conversar”, que le pedía entendiera que él no fuera a verlo y le suplicaba lo hiciera sin sotana ni alzacuellos (petición muy razonable tratándose de un priista de los de antes, masón grado 33 de larga trayectoria).

Resultó que el político aquél, ante su próxima presentación ante el Creador, se había acordado que era católico y quería confesarse, para obtener lo que consideraba un amparo muy conveniente para afrontar el juicio divino (ante la obvia falta de contrición por sus pecados, el buen cura aceptó confesarlo por atrición, nomás por el miedo que tenía de ir a dar a los reapretadísimos infiernos).

Ese buen sacerdote oyó casi siete horas la confesión del poderoso anciano, quien aceptó haberse bailado el zapateado en ocho de los diez Mandamientos (fue buen hijo y nunca mató), pero con el resto de las ordenanzas de Dios, había hecho cera y pabilo en su larga vida pública. Sobre el sexto y noveno mandamientos, los pecados de la carne, había cometido en su tiempo y con admirable constancia, todos los correspondientes a un heterosexual estándar; aparte, algunas faltas de caridad -leves unas, muy gordas otras-, y un número absolutamente imposible de calcular, de mentiras.

Ese primer lote de pecados fue despachado sin contratiempos. El político ese quiso negociar la penitencia pero finalmente aceptó rezar un rosario diario de ese día hasta su muerte (ayudado por su esposa, católica ferviente).

El problema fue con el séptimo mandamiento: no robarás. El caballero había robado de poco a mucho y muchísimo, durante 70 años de ejercicio político y cuando el sacerdote que le digo le informó que para absolverlo tenía que devolver todo (menos la casa que habitaba y una cantidad razonable de dinero para subsistencia de su inminente viuda), el anciano meditó unos minutos y le dijo al presbítero que si devolvía lo que había “tomado”, iba a ser un escándalo nacional y la gente iba a linchar a su viuda, hijos y nietos. Meditaron los dos y concluyeron que la solución era hacer una fundación, un fideicomiso que administrara proyectos en beneficio de comunidades pobres, en absoluto secreto sobre el origen del dinero (“no iba yo a ayudarle encima, a tener fama de bienhechor”, explicó al del teclado el sabio cura aquél).

Aunque no le crea a su texto servidor, fue labor de meses armar todo el tinglado con contadores y notarios, para que pudiera morir absuelto el político aquél. Y comentaba pensativo aquél santo varón: -Es la única absolución que me ha dado coraje dar… pero, ni modo, son gajes del oficio -pues sí.

Estará usted pensando que le importa más el clima en la tundra siberiana que el asunto que le acabo de relatar… y sí, pero viene a cuento de la confusión terrible del Presidente y algunos de sus más destacados “lingent plantae” (lame suelas), sobre el comunicado que emitieron el pasado lunes 4 de julio, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), la Conferencia de Superiores Mayores de Religiosos de México y la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús (los jesuitas), titulado: Tejer en Cristo nuevas relaciones: de la fragmentación a la unidad.

El escrito obedece a la alarma de la jerarquía católica por la situación de inseguridad pública nacional que derivó en el reciente asesinato de dos sacerdotes jesuitas.

Se trata de un documento redactado con riguroso apego a los principios de esa religión y sus dogmas. Invitan a una Jornada de Oración por la Paz y detallan las ceremonias que habrán de celebrar en tal sentido. En el punto tres del comunicado, dicen:

“Como signo profético de nuestra Iglesia, las eucaristías del día 31 de julio pidamos por los victimarios, oremos por sus vidas y la conversión de sus corazones, tendamos la mano para recibirlos con el corazón arrepentido a la casa de Dios. Ellos también son nuestros hermanos y necesitan de nuestra oración. No más violencia en nuestro país”.

Y ahí es que se perdió el Presidente de nuestro país, quien declaró al día siguiente: “Celebro el comunicado de la iglesia católica y de los jesuitas, porque están hablando de ayudar para que entre todos construyamos la paz, es otro tono y sí estoy de acuerdo”.

Lo hemos sugerido antes a los que están cerca del Presidente de nuestro país: no lo dejen solo, ayúdenlo, no es malo, es cosa de agarrarle el modo. No es creíble que nadie de su entorno le explique que ese comunicado de la jerarquía católica, está dirigido a LOS CATÓLICOS, no a él, no a su gobierno, no a su movimiento que alguna vez será partido (o no, depende de cuánto se fracture en 2024).

El escrito que celebra el Presidente de nuestro país, nada tiene que ver con las declaraciones de la semana anterior en las que la muy poderosa CEM y los rectores de las universidades jesuitas (más poderosos en su ámbito), urgieron al gobierno a “revisar las estrategias de seguridad que están fracasando”, criticando “la incapacidad del gobierno para arrebatar el control a los delincuentes”, que fue cuando el inquilino de Palacio, los tachó de “antirreligiosos’ y “anticristianos” por las exigencias de cambiar la estrategias de “abrazos, no balazos”.

Y ahora, interpreta políticamente a su favor, como apoyo a él y diciendo que ya “es otro tono”, cuando se trata de un llamado a los católicos de parte de sus jerarcas y superiores a orar para que se arrepientan los pecadores (“pidamos por… la conversión de sus corazones”).

Fuera bueno que un asesor presidencial le explicara, que no tiene nada que ver el culo con las témporas, que son un tiempo litúrgico.

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