18 de julio de 2026

RETÓRICA Y VERDAD


José Antonio Molina Farro

Para los inventores de la retórica, hoy se trata de “hacer débil un discurso fuerte y fuerte un discurso débil”.

Así, no sorprende que la retórica se manifieste en primer lugar como lenguaje de los tribunales, ni que sus héroes sean los llamados sofistas que aparecieron en Grecia a principios del siglo V a.C. Eran, en términos de hoy, estrellas mediáticas que vendían su mercancía de manera brillante. Incluso el carácter vendible de la sabiduría es un sello de calidad.

El primero de los sofistas Protágoras divulga su saber a cambio de dinero, sus partidarios lo denominan logos (la doctrina). No hay duda que el discurso irradia un poder de seducción. Lo vivimos, lo sabemos quienes durante décadas hemos trabajado en la cosa pública.


Se cuenta de Protágoras que como el flautista de Hamelín, de todas las ciudades por las que pasaba se llevó discípulos tras de sí con el hechizo de su palabra, lo mismo que Orfeo, de tal modo que siguen fácilmente este hechizo. Pero la doctrina de Protágoras va más allá de una técnica para el entendimiento. No se agota en artificios retóricos. Habla algo así como una doctrina de la liberación. ¡Dedícate a lo tuyo! Liberarse de todo y alcanzar una conciencia de sí mismo. Los estudiosos del mundo clásico hablan de una ilustración sofista, “el hombre es la medida de todas las cosas”.

En este sentido, Protágoras declara que la cuestión de Dios es imposible de resolver y en el fondo inútil. “Por lo que concierne a los dioses, para mí es imposible saber si existen o no, ni como son.

Hay muchos impedimentos para saberlo: lo confuso del asunto y lo breve de la vida humana”. Este es un ejemplo de la conciencia del propio valor con que un individuo quebranta las convenciones sociales. No sólo afirma que la cuestión de los dioses es imposible de resolver, además afirma que tampoco hay una medida obligatoria entre los hombres: cada uno tiene su propia verdad y vive a su manera. Puesto que todo es relativo, al sofista se le podría entender como una especie de ‘demolition man’ de las certezas sólidas.


Este género de deconstrucción filosófica tiene una faceta extremadamente práctica. Protágoras aprovecha su elocuencia para llevar a buen término causas desesperadas en los litigios judiciales y pulverizar la opinión del adversario, aparentemente bien fundada. Porque, si la conciencia de su propio valor la deduce del dinero y por tanto de la apreciación social, ello supone que no depende en modo alguno de su libertad personal, sino que se compensa en moneda colectiva. Pero, sobre todo, surge una competencia; algún día, el profesor encontrará un maestro en su discípulo.


Hay una anécdota. Protágoras había dado clases de retórica a Evatlo. Como éste no tenía dinero, convinieron que Evatlo no tenía que pagar los elevados honorarios docentes hasta que ganara su primer pleito.

Lo cierto es que Evatlo nunca ejerció la abogacía, sino que se dedicó a la música de modo que no se consideraba obligado a pagar. Protágoras le reclamó el pago de sus honorarios haciéndole el siguiente razonamiento:

“Tendrás que pagar en todo caso o bien, de acuerdo a nuestro convenio, porque ganes este convenio o porque el tribunal te condene a ello”. Evatlo respondió: “No tendré que pagar en ningún caso, pues o bien pierdo el proceso, y entonces mi instrucción fue mala y sigue siendo válido el convenio, o bien el tribunal decide a mi favor”.

El tribunal no supo resolver esta paradoja y no adoptó ninguna resolución. Cuando, medio siglo después estalla una nueva fase de las Guerra del Peloponeso, la gran guerra civil griega, las esperanzas del gran siglo ateniense quedan reducidas a la nada.

El primitivo orgullo por lo vendible se transforma en una general sospecha de corrupción. Dijo Critias: “Los cuerpos de los atenienses pertenecen a quienes paguen por ellos”.

Aunque los sofistas fueron capaces de anunciar la liberación del individuo, ahora da la impresión de que esto condujo a una descomposición de la ciudadanía. Así, Protágoras será víctima de su propia doctrina. La asamblea del pueblo se encoleriza con su obra sobre los dioses y lo destierra. Sus obras son destruidas y el propio Protágoras muere durante su huida a Sicilia.


Sócrates. A diferencia de los sofistas, no aceptaba dinero. Precisamente el no aceptarlo lo hacía amigo de la verdad; un pensador que antepone a la moneda el amor a la verdad. Prefirió morir antes que traicionar sus principios. Sócrates de manera inequívoca, sino que la dedujo de la nada, “Sólo sé que no sé nada”. Ahora bien, si esta conciencia de no saber nada no hubiera sobrevivido largo tiempo a Sócrates, quien no escribió una sola línea, no habría hallado en Platón un dotado discípulo que convirtió esa voz en el oído en la obsesión de la filosofía: la verdad.

Alfred Whitehead dijo que toda la filosofía es una nota a pie de página de los ‘Diálogos de Platón’, quien siempre aparece con la máscara de su gran maestro, Sócrates. Sobre qué es la verdad, Platón responde con su célebre alegoría de la caverna, que es algo más que la simple certeza de no saber.

En ella, Platón describe a una comunidad de personas que están encadenadas dentro de una caverna y solo ven sombras y reflejos de lo que acontece a la luz. Como estas personas no experimentan otra cosa durante toda su vida, tienen por real ese mundo de sombras, mientras que si, de repente, se les dejara mirar a la luz, no podrían en absoluto percibirla.

Las personas se asemejan a los moradores de esa cueva, que, al estar encadenados, sólo pueden ver las sombras de la verdad, pero nunca la verdad misma. Para verla hay que liberar a la razón de las falsas impresiones de los sentidos y ascender al mundo del espíritu.

La verdad es eterna y primordial, es innata al alma inmortal de todas las personas, el juego de sombras del mundo no hace más que superponerse a ella. Sócrates resuelve problemas geométricos valiéndose de pacientes preguntas. La perdurable mayéutica socrática, despreciada y sepultada en un presente ominoso de invectivas, descalificaciones ‘ad hominem’, vituperios y mentiras que recorren todas las coordenadas del poder, oficialismo y oposiciones. La primacía de las pasiones sobre la razón. La minoría de edad del hombre, de la que él mismo tiene la culpa. Kant ‘dixit’.

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