1 de febrero de 2023

La Feria: Padrote de las Américas

Sr. López

Algunos nacidos en la primera mitad del siglo pasado, recordarán que en esa ya ida era del pricámbrico clásico, la verdad, lo correcto, lo apropiado, estaban clarísimos y eran generalmente aceptados.

En efecto, hubo un tiempo (bueno o malo, mejor o peor que ahora, usted dirá), en que todo estaba normado y establecido, sin dudas.

Lo moral, lo cívico, el largo de las faldas de las señoritas, el del cabello de los jóvenes, a qué edad se podía pedir permiso para fumar y la hora decente de llegar a la casa, todo bien firme junto con dos grandes verdades: el país era el cuerno de la abundancia y como México no había dos.

Así, en esos tiempos, estaba claro que el universo lo había creado Dios en seis días y que su representación exclusiva con derechos de autor, la tenía la santa y universal iglesia romana (y muchas casas tenían clavada en la puerta una lámina que rezaba: “Este hogar es católico. No aceptamos propaganda protestante”); igual de indiscutida era la autoridad paterna que la del maestro y la del cura, que eran respetados por respetables y tenían permiso de pegarle pescozones a los niños, sin que se haya sabido de ninguno que los diera por gusto (y en las escuelas y las iglesias los niños no corrían ningún peligro)

Entonces, nuestros héroes eran de una pieza: Hidalgo, un santo; Morelos, también; Guerrero, bravío; Iturbide, un campeador (todavía era el consumador de la Independencia); y Madero un apóstol. Así mismo, nuestra Revolución daba celos a todos, Francia incluida; y nuestra Constitución, honra y prez, ejemplo universal. Y no había matices con los bellacos de nuestra historia: Santa Anna, un rufián; Porfirio Díaz el diablo con bigotes y un sombrero como barquito con plumas blancas; y Huerta lo único peor que Santa Anna.

En ese país, la mexicana era fiel, leal, abnegada y guapa (con cuerpo de guitarra), y las gringas, todas, ligeras, frívolas, descocadas y fáciles (con cuerpo de tripa); el mexicano era feo, fuerte y formal (y los gringos, larguiruchos y bobos, todos).

En esos días era sabido que quien se metía con el gobierno se andaba buscando problemas y cuando le partían la cabeza, merecido se lo tenía por revoltoso.

Se aceptaba como natural que la policía y la tropa, deshicieran manifestaciones a garrotazos; pero al mismo tiempo, el gendarme de la esquina era don Tomasito; al agente de tránsito en Navidad se le llevaban regalos al crucero; y los veladores (que había en las calles todas las noches), pasaban los sábados a las casas a cobrar dos pesos y les daban tres.Había televisión (en blanco y negro) de por ahí de las cinco de la tarde a las once de la noche y dos canales (2 y 5) lo que a la gente parecía un exceso, si no se podían ver al mismo tiempo.

También estaba claro que la prensa no estaba para informar y el noticiero de la televisión en la noche, era un señor leyendo el Excélsior de la mañana -Ignacio Martínez Carpinteyro-, sin comentarios, ni pronóstico del clima, ni resultados de los deportes en Estados Unidos (ni México).

Los muchachos a los 18 marchaban un año y a las muchachas a los 18, ya les andaba por casarse.

En los cines había inspectores que recorrían la sala con una linterna que dirigían a las parejas que se estuvieran entusiasmando; en el radio censuraban algunas canciones de Agustín Lara y se tijereteaban las películas para adultos (un beso bien plantado jamás se veía).

Eran tiempos en que la ley era la ley, la de Dios por un lado y la otra por el suyo, sin conflictos. Estudiar de primaria a Preparatoria y Vocacional, era gratis.

Luego, el que quería, se metía a la UNAM pagando una colegiatura anual equivalente a 20 centavos de hoy; si entraba al Politécnico, 0.1 de centavo de hoy al año, y había becas de alimentación, de libros y “casas del estudiante”, en las que los fuereños vivían de gorra. Había ‘garantías’, no derechos humanos (de animales, menos); no había contralorías (y se robaba menos); jamás contestaba un funcionario a ningún ciudadano preguntón; el PAN era un club de señores decentes que ni soñaban con llegar al poder; los comunistas eran mal vistos pero todo mundo respetaba a Lombardo Toledano, el gobierno también.

El régimen político era impermeable y hubo guerrillas que se apagaron con baldes de sangre que a nadie inquietaron, a nadie, no seamos políticamente correctos.

Luego de lo del 68 y el 71, el gobierno entendió que vendía mal tratar de mantener el orden en las calles (sin temor a perder el poder, eh, que jamás ha caído un gobierno a mentadas de madre). Por lo que sea, ese México que tenía muchísimos defectos y algunas ventajas, se desmoronó de a poquitos y se impuso como expresión suprema de libertad, no respetar nada.

En lugar de procurar tolerancia se impuso la permisividad y el desprecio por las buenas maneras, y gradualmente llegamos a la cultura de lo bajo hasta entronizar lo burdo, grueso y grosero que entre más irrespetuoso resulta ser más auténtico, más obligatoriamente aceptado, so pena de ser tachado de hipócrita, mojigato o santurrón (hoy, conservador, fifí, ‘facho’, que dicen sin idea cierta de lo que es el fascismo)

Ese desaliño generalizado, después de permear a la sociedad alcanzó a los políticos. De tiempo acá, la procacidad tiene patente de corso entre algunos de ellos, no todos pero un solo vándalo ya es mucho y son más de uno.Y ahora resulta que el estilo barriobajero del Presidente de la república, es un saludable ejercicio de su libertad de expresión y derecho de réplica. Insulta y ningunea, defendiendo su “movimiento de transformación”, sin entender ya en su quinto año de gobierno, que él está para defender la Constitución y así, a México, todo, no a la parte que cree suya.Lo que da pena y no tiene remedio es que su imprudencia y desparpajo al hablar incluye gobiernos de otros países.

Nunca se había expulsado a un embajador mexicano por las expresiones de nuestro Presidente. Perú lo hizo con gallardía, rechazando la actitud de nuestro Ejecutivo de padrote de las Américas.

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Sr. LópezEn la familia materno-toluqueña de este menda, había un criterio para mandar al ostracismo a cualquiera: quien se disgustara o incomodara con tía Rosita,