2 de febrero de 2023

La Feria: De Risa

Sr. López
Haga memoria; recuerde el ridículo más espantoso que haya hecho. No se haga… nadie se salva, todos hemos sentido alguna vez la urgencia de que nos trague la tierra. Este menda a veces despierta sudoroso, con la cara ardiendo, por el amargo recuerdo -nomás no lo ande contando-, de su presentación en un festival escolar de 10 de mayo a los 12 años de edad, disfrazado de “conejito” en un bailable ideado como justa venganza por “miss” Carmen, la maestra de música, que no puede haber sido casualidad que solo escogió para el numerito a los de peor conducta. Terminado el acto, silencio espeso, madres petrificadas. Unas cuantas forzaron sus manos a aplaudir, poco. Otra soltó el llanto tapándose la cara… fue horrible.

Conversemos tantito acerca el ridículo. No de todas sus variantes sino solo de aquella que corresponde a los hombres de poder, políticos en general y altos funcionarios.

Ridículo es palabra que viene del latín ‘ridiculus’, que a su vez se origina en ‘ridere’ (risa), más –culum, sufijo de acción que en español es –culo (no se ría); así que risa y culo dan ridículo (por algo no le gusta a la gente hacer el ridículo, por algo).

Ciertamente si algo temen los políticos es al ridículo (dejando de lado atentados, linchamiento o encarcelamiento, que también los temen pero son cosa rara), entendiendo por ridículo lo que causa risa, burla, chacota, porque lo normal es que los políticos esperen infundir respeto, ser respetados y si saben que además son temidos, mejor que mejor.

Se atribuye a Voltaire haber dicho que el pueblo que ríe del Rey, derroca al Rey, pero es ridículo decir semejante cosa porque nadie que haya oído a Voltaire vive para confirmarlo ni hay grabaciones de la época. Pero algo de cierto tiene la afirmación.

Imagine usted que un Presidente de la república (no este, cualquiera), se presentara ante el Congreso a dar lectura a su informe de gobierno y que al final, en vez de reclamos y abucheos de sus opositores, le recetaran una carcajada general, que siguieran riendo largo rato y le hicieran seña de no decir más porque ya les duele la barriga de tanto reír. ¿Qué diría ese Presidente?; ¿cuál es la respuesta a la risotada general?; ¿se indignaría?; ¿qué podría decir?: -Pues aunque se rían sí hice este año todo lo que les dije –y las carcajadas arreciarían. No, no hay defensa ante la hilaridad.

O imagine que después de una marcha multitudinaria, el Presidente dirigiera un discurso a la masa congregada en el Zócalo de la capital nacional y fuera interrumpido por cien mil gargantas aullando de risa, que le aplaudieran a rabiar carcajeándose. Nomás piense en la expresión de sorpresa e incredulidad del orador, incapaz de contener el alborozo general. Lo dicho, no hay defensa.

No se crea que es tema menor esto del ridículo, al menos en política, dejando de lado el día que a tía Beatriz se le subieron las copas y las faldas en una fiesta de fin de año.

Thomas Paine, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos de America, promotor de la democracia, del liberalismo y la izquierda política, fue un pensador radical, escritor, filósofo, político, ingeniero y revolucionario, escribió en su obra ‘La edad de la razón’ (‘The Age of Reason’, 1795), que lo ridículo y lo sublime están tan relacionados que a veces es difícil distinguirlos y que tantito más de lo sublime se cae en lo ridículo. Y Napoleón Bonaparte, en 1812 después de su estrepitoso fracaso cuando intentó invadir Rusia y regresó con tan solo 80 mil hombres de los 650 mil que llevó a esa campaña, dijo: “De lo sublime a lo ridículo, solo hay un paso” (según cuenta Dominique G. D. de Pradt, a la sazón embajador francés en Polonia… pero se puede dudar de la veracidad de la cita porque don Pradt en vida tuvo fama de ser un inteligentísimo maestro de la intriga, sin escrúpulos, pero viene al pelo porque sí, don Napo hizo el ridículo en Rusia con su ‘Grand Armée”, su ejército imperial que regresó hecho cisco a Francia).

Por supuesto es muy recomendable que la gente tenga sentido del ridículo y entre jefes de Estado más aún. Eso solo les impide meter algunas patas, cometer pifias o declarar bobadas, por supuesto. Lo que es más: las personas con una personalidad más o menos bien equilibrada y sin problemas de conducta, evitan instintivamente hacer el ridículo.

Por otro lado están aquellos con un exagerado sentido del ridículo ya sea por inseguridad o soberbia, pues o son miedosos ante cualquier situación en que teman hacer un papelón o son hipersensibles ante cualquier nimiedad que interpreten como burla o chanza, saliéndose de sus casillas… y entonces sí, haciendo el ridículo.

Hay otro extremo: la absoluta carencia de sentido del ridículo propia de los que sufren un desaforado aprecio por sí mismos, conjugado con un casi total falta de consideración por los demás. Dicen los que dicen que saben de Psicología, que esos suelen ser arrogantes, altivos; tratan a los demás con altanería mal disimulada de aprecio en sus palabras, siendo ajenos a los problemas y desgracias de los demás, dominados por la soberbia, que es el punto en que coinciden con sus opuestos, aquellos con un exagerado sentido del ridículo, y acaban reaccionando igual unos y otros, con rabia.

Los hombres de poder que no se sienten jamás en riesgo de hacer el ridículo, hacen lo que les viene en gana y dicen lo que en cada momento les parece los saca de apuros, con la seguridad que les da su real desprecio por los demás, por las normas de convivencia y por las leyes. A nada temen y a todo se atreven.

Así las cosas, reflexione por su cuenta y repase qué político de nuestro actual panorama nacional es un campeón del ridículo, que se atreve a mentir sabiendo que se sabe que miente; a inaugurar obras sin terminar; a rifar algo sin rifarlo; a responsabilizar de sus fiascos a políticos que dejaron el poder hace 10 años; a asegurar que tiene otros datos distintos a los de él mismo, de su gobierno. Y no puede nadie carcajearse porque esto es tragedia, aunque sea de risa.

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