18 de julio de 2026

ESTADO SEDUCTOR


José Antonio Molina Farro

En su libro ‘L´Etat séducteur’, el filósofo marxista Régis Debray describe el Estado moderno como un seductor que a su vez sufre una seducción, ya que ha abandonado sus ideales originarios y basa esencialmente su política en la realidad inmediata, postergando lo que verdaderamente importa. “Antes del Estado seductor existía el Estado educador en su forma republicana tradicional. Se apoyaba la alfabetización de las masas y la instauración de la escolarización obligatoria. Era un Estado que fijaba normas obligatorias y rigurosas, y perseguía un proyecto de dimensiones históricas que podía incluso exponer una filosofía de la historia, en positivo o en negativo”.


Si abrazamos esta tesis de Debray y la traemos a nuestra realidad nacional, podemos afirmar que, no de ahora, tenemos un Estado obnubilado por los altos niveles de aprobación y popularidad, sustentadas en mayorías mediáticamente manipulables. Esto no favorece ni la voluntad política ni la racionalidad sino el culto a la emoción, la demagogia y una cierta debilidad. Jefes de Estado que practican, sin tapujo, el culto a la personalidad y el desprecio altanero a justas reivindicaciones sociales. Arrogancia moral, soberbia autoproclamada, silencio o expresiones cómplices bordadas con eufemismos y protección a quienes deberían rendir cuentas.


Me pregunto: ¿y la prensa qué papel juega en todo esto? La hay entreguista por conveniencia, pero también, por fortuna, hay quienes cultivan el debate serio, informado, sobre el espacio público, en el sentido kantiano de la expresión y tal como lo conoció la Ilustración. La comunicación permanente y omnipresente asume su independencia, pero muchas veces a expensas de contenidos esenciales de los que ya no se toma conciencia y se dejan en el olvido. De ahí la importancia de diferenciar ‘comunicar’ y ‘transmitir’. Comunicar es propagar la información en el espacio; transmitir es propagar la información en el tiempo. El acto de transmisión es lo que constituye la cultura y distingue al hombre del animal. El hombre se acuerda de sus antepasados y transmite a sus hijos los conocimientos adquiridos, generando así una continuidad creativa. Solo él es capaz de elaborar una historia recogiendo las experiencias de las generaciones anteriores y sacando provecho de ellas. Es precisamente esta cualidad de transmisiones adquiridas lo que parece hallarse hoy día en peligro extremo: la comunicación se esfuerza por bloquear o al menos complicar la transmisión. El espacio se domina cada vez más y el tiempo menos. Esto puede parecer conservador, pero las tradiciones que atestiguan la presencia del pasado en el presente palidecen a ojos vistas. Por supuesto, hay medios de comunicación extraordinarios, pero las instituciones que están al servicio de la transmisión, la familia, la escuela, la academia, e incluso todas las formas de organización de la coexistencia humana encargadas de velar el legado intelectual se enfrentan a grandes problemas, ergo, la transmisión explica al ser humano, ella nos caracteriza. Hoy vemos redes virtuales sin fin en horizontal, pero carecen necesariamente de dimensión vertical, de una idea rectora, algo así como una ciberdemocracia. Ahora bien, hay quienes ven a internet como una esperanza pública, yo advierto que, desde luego, facilita el intercambio de conocimientos, pero es discontinuo e inestable, no ofrece cohesión a un grupo ni fundamenta una verdadera cultura. No se puede negar su papel, pero tampoco hay que sobrevalorarlo y convertirlo en fetiche. La pregunta entonces, ¿qué es inmutable en el ser humano y qué es susceptible de transformación o evolución? Hay constantes que no se ven afectadas, hay variables que lo influyen a profundidad. Por ejemplo, desde la invención de la escritura ya no tenemos tan buena memoria. Platón lamentaba que la escritura nos hiciera perder la memoria, al fijar nuestros pensamientos y recuerdos en un papiro. Y es cierto, a diferencia de nuestros antepasados somos incapaces de recitar largos pasajes de las epopeyas de Homero. El progreso técnico hace que perdamos facultades o que las desplacemos a vectores ubicados fuera de nosotros mismos.
Por otra parte, los filósofos han tenido tendencia a intervenir en política, a contribuir a darle forma. Platón escribió ‘El político’ y aconsejó al tirano Dionisio sin poder convencerlo. Descartes residió en la corte de la reina Cristina de Suecia y Rousseau puso su empeño en redactar una constitución para Polonia.
Han pasado décadas para reflexionar sobre el marxismo, considerado una herejía cristiana o un mesianismo secularizado, sobre el hombre nuevo del Che Guevara, concepción que se remonta a San Pablo y que encierra una mística espiritual. Hoy día sigo afirmando, Marx quizá es obsoleto para seguirlo, pero demasiado importante para ignorarlo. Erró en sus predicciones como profeta, y cayó en lo que tanto criticó: el socialismo utópico, en aras de un igualitarismo sustentado en un proletariado con conciencia de clase en sí, para ascender en clase para sí, esto es, al tener conciencia de su condición de explotación y organizarse para romper sus cadenas enajenantes.


ERA. Su humanismo es militante. No es slogan o vacua proclama. Chiapas, para orgullo nuestro, es hoy por hoy el estado más seguro del país, con una tasa de delitos inferior a las de Yucatán y Tlaxcala. La tarea sigue siendo ardua, difícil. Alguien dijo: “En las utopías de ayer se incubaron las realidades de hoy, en las utopías de hoy palpitan las nuevas realidades”. Con plena conciencia de ello, y muy distante de la condición humana y su naturaleza, agregaría que la tarea solo estará cumplida cuando el amor se imponga al odio; la concordia a la discordia; el altruismo al egoísmo; la fe al desaliento; la generosidad a la codicia, y el espíritu de lucha a la cobardía. De no ser así, el conflicto interior de nuestra germinal democracia persistirá con sus dramáticos defectos con una vacua pretensión de paz y desarrollo perdurables en el tiempo.

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