26 de noviembre de 2022

El hundimiento: La Feria

Sr. López

El presidente Andrés Manuel López Obrador, el 13 de noviembre de 2024, cumplirá 71 años y estará (oficialmente), viviendo en su finca en Palenque desde octubre (entrega el puesto el último de septiembre); su salud (se le desea), se habrá restablecido del todo, ya con menos disgustos. En el 2030, al concluir el periodo de su sucesor, tendrá 77 años. Se le desea cumpla cien, con salud de roble y mente clara, pero la naturaleza va en sentido contrario a su deseo de quedar como referente y guía de la vida nacional.
Por otro lado, lo previsible es que el titular del Poder Ejecutivo entre 2024 y 2030, no dedicará su tiempo a defender y enaltecer a su predecesor, no por falta de cariño, aunque lo quiera con el alma, sino porque recibirá el país en situación de crisis y la realidad lo obligará a dirigir sus empeños a evitar que le estalle en las narices.
Tendrá frente a sí tareas mayores a los trabajos de Hércules: simultáneamente, reconstruir la economía nacional; restablecer la seguridad pública; y recuperar el sistema de salud. Mínimo. Aparte, tendrá que capotear al mismo tiempo los serios asuntos que día a día se presentan en un país de este tamaño, con la complejidad agravada por este gobierno.
Esas tres faenas son inaplazables, la primera porque el nuevo Ejecutivo federal recibirá la economía en quiebra (ya está, pero va debilitarse más y si siguen las necedades puede llegar a lo trágico, a eso que conocemos los que vivimos el echeverriato); la segunda porque como vamos, para 2024 la delincuencia organizada estará más enraizada en el territorio nacional y con mayor penetración entre representantes locales de partidos políticos, autoridades civiles y mandos militares; la tercera porque será apremiante sanear el sector salud y reconstruir el sistema de abasto y distribución de medicamentos.
El Presidente que siga, aunque fuera un convencido de la beatitud del actual, cuando tenga conocimiento de qué le entregó y cómo se lo entregó, le flaqueará la fe en el Presidente verdadero, ungido por el pueblo bueno, concebido por obra y gracia del espíritu mendaz, Presidente uno y trino: un Presidente en tres personas distintas, sin cargo, con cargo y después del cargo.
Quien sea el sucesor en el mejor caso, lo mencionará poco o nada y en el peor, lo mandará de embajador aquí cerquita, a Australia, Nueva Zelanda y las islas Fiyi (no Fiji ni Fidji), como hizo López Portillo a Echeverría para que se le quitara lo hablador y aunque se le quitó, igual le embargaron 14 terrenos en Cozumel, aparte de ser el primer expresidente en haber sido obsequiado con dos cordiales órdenes de aprehensión (2002 y 2006) y en permanecer en prisión domiciliaria. Y aunque resultó exonerado (2009), le debió arder hasta la raíz de los pelos tal afrenta a él, que se postuló a Secretario General de la ONU. ¡Sí Chucha!
Otra tarea de la mayor relevancia para el siguiente Presidente, será recuperar la respetabilidad del Poder Ejecutivo. No es tan difícil si hace dos cosas: respetar la ley y dejar trabajar a su gabinete, dando por descontado que no tenemos los tenochcas tan mala suerte de que nos toque otro que padezca del síndrome del hemisferio cerebral derecho conocido como hiperlalia (exceso en el hablar). La ley, la delegación de funciones y la prudencia en el decir. ¡El paraíso!
Junto con todo lo anterior, con la misma importancia y hasta más, el nuevo Presidente debe propiciar y fomentar la reconstrucción de la política en el país, esto es: la reconstitución de los partidos políticos (los de a de veras, la chiquillada puede seguir retozando). No se puede hablar de verdadera vida democrática en un país sin partidos políticos serios, respetuosos de la ley y que compitan por el poder sin tomar decisiones a golpes de fajos de billetes. Nos gusten o no, los partidos son necesarios, son indispensables.
No se trata de plantear una (otra) reforma política pero sí un recomenzar muy seriamente. Rehacer los padrones de afiliados de los partidos y que verdaderamente se pongan a trabajar para tenerlos pues de lo contrario estaría en riesgo su registro como institutos políticos nacionales. Lo que sea, que suene: los partidos de puro membrete, que cierren y simultáneamente, se propicie la creación de partidos nuevos que verdaderamente representen a segmentos de la sociedad. No es creíble que en este sexenio no haya logrado el registro un partido con centenares de miles de adeptos (RSP), o el de la señora Zavala, no es creíble y menos cuando se da vida artificial a otro diminuto, el PES, que simplemente goza de los favores de Palacio.
Es asunto serio porque junto con el pasmo en que cayeron los partidos opositores después del triunfo arrollador del actual Presidente, el partido supuestamente ganador, Morena, se está destruyendo a sí mismo en una implosión provocada por su propio fundador, AMLO, quien impidió e impide que tenga vida propia y sea eso, partido político, quedando en lo que es, no un movimiento social, sino un rótulo, un papeleo para llenar requisitos oficiales y postularse él a la presidencia, una escenografía que no llega a fachada, muégano de ambiciones de todos los colores, desde empresarios de altos vuelos, pasando por priistas de los menos presentables, hasta comunistas militantes y exaltados, junto con un coro de tiples arribistas que están capitalizando (muy bien), su acceso al poder.
Así las cosas, sin partidos opositores serios y con un partido en el poder que no es partido, lo que sigue es una competencia de vivos y ganapanes. Funciona en tanto el gobierno mantenga el circo andando con resultados reales en beneficio de la población, pero no funciona si en lugar de tales resultados, hay males que afectan a grandes sectores de ella.
De esta manera, el siguiente Presidente poco tendrá que agradecer al de ahora y mucho trabajo por hacer para que México resuelva sus problemas sin intervención del tío Sam que nos necesita y tiene muy claro que por sus intereses, no le puede permitir a México el hundimiento

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