6 de octubre de 2022

El Diluvio : La Feria

Sr. López

En lo general, la delincuencia se divide en organizada y no organizada (sabio este López); no, en serio, hay delincuentes organizados en bandas de distinta magnitud y alcances, pero con una cabeza, líneas de mando y reglas propias; y también hay esa otra delincuencia, la ocasional, individual, que nadie puede prevenir.
La delincuencia organizada es un asunto de Estado porque su crecimiento acaba siempre por infectar la materia de gobierno, dañar a la sociedad toda, expandirse al extranjero y obligar la intervención, legal o ilegal, permitida o no, de cuerpos de investigación y policiacos de otros países, ese era el espíritu del Plan Mérida, por las buenas era mejor que a la fuerza.
Se debe tener en cuenta la inmensa capacidad corruptora de la delincuencia organizada, tanto por las cantidades de dinero de que dispone, como por su total carencia de moral para amedrentar a cualquier mando civil o militar; para ella, matar es rutina, para ni mencionar su disfrute de las más infames torturas a quien no coopera a su favor o se interpone en su camino.
Hay cuatro maneras de combatir la delincuencia organizada:
1. Con todo rigor, sin concesiones, a sangre y fuego, sin el límite de la legalidad;
2. Con todo rigor, con inteligencia, con la legalidad por delante y ante la oposición armada, a sangre y fuego también;
3. Con acuerdos implícitos, adoptando la autoridad una postura unilateral conciliadora y mesurada ante los delincuentes, confiando en que de esa manera disminuirá tarde o temprano la violencia en las calles contra la ciudadanía.
4. Mediante claros acuerdos explícitos con los jefes de las bandas criminales en los que mutuamente se asumen y respetan acuerdos, con costos para ambas partes; la autoridad fija límites terminantes, definitivos, innegociables (secuestro, violación, trata de personas, extorsión, robo y cualquier otro delito que afecte a la sociedad civil), a cambio de no interferir en los negocios ilícitos de cada organización delincuencial que no afecten la seguridad interna del país.
La primera manera no da resultados pues la violencia no intimida a los delincuentes y fomenta la escalada de la violencia, aparte de que conforme se encarcela o mata a los cabecillas, las bandas se dividen y atomizan, quedando en gavillas al mando de individuos de menor rango, más violentos, menos capaces de moderación de ellos y sus subordinados.
La segunda manera, actuar con todo el rigor de la ley, en teoría es la mejor, a condición de que los mandos e integrantes de los cuerpos institucionales responsables de la prevención, procuración e impartición de justicia (policías, ministerios públicos, jueces), no estén en contubernio con los delincuentes, de grado o por fuerza. Es muy fácil censurar a policías o militares que colaboran o hacen la vista gorda ante las actividades delincuenciales, hasta que se entera uno que tienen a su familia entera, amenazada de muerte (y cosas mucho peores, créame, las hay).
La tercera manera es la peor. La autoridad cede tiempo y territorio a la delincuencia organizada que campea por sus fueros. Los delincuentes son incapaces intelectual y moralmente de imponerse límites, crece la letalidad y el delito que atenaza la vida cotidiana de las personas.
La cuarta manera, los acuerdos secretos e inconfesables, estableciendo límites que de no respetarse reciben la respuesta más severa e inclemente del Estado, es en apariencia la más realista, la que mejores resultados puede dar en el corto plazo, en lo que a la vida del común de las personas se refiere. Pero, le tengo noticias: ya no es posible; usted puede llegar a algún tipo de arreglo, por incómodo que sea, con uno, con dos, tal vez tres jefes de bandas, no con los de los 148 cárteles actuales. En abril del año pasado, el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), presentó un informe sobre el número de bandas por entidad federativa: Guerrero, 24 grupos delictivos; Michoacán, 23; Estado de México, 22; CdMx, 20; Baja California, 16; Guanajuato, 14; Quintana Roo, 13; Zacatecas, 5; Jalisco, 4 (poquitos, pero es que el Cártel Jalisco Nueva Generación no se anda con bromas)… y así, por todo el país hay bandas.
Lo más grave de esto es que el actual gobierno federal con su política de seguridad consistente en dar abrazos a discreción, se inscribe en el peor de los escenarios, el tercero, el de otorgar una tregua a la delincuencia organizada, esperando que se porten bien porque si no, los acusa con sus mamacitas y sus abuelitas. ¡Dioses!
Quede claro que a este menda le parece imposible que sea cierta la supuesta complicidad presidencial con los narcos. No es posible, no todavía. El Presidente de México aún está muy por encima, muy arriba, muy lejos de los jefes de los delincuentes… pero también parece innegable su operación electoral a favor de los candidatos de Morena en las elecciones del año pasado en no pocos lugares; y ante las evidencias, el propio gobierno federal debió interponer los recursos legales necesarios para invalidar los comicios, aunque beneficiaran a sus candidatos.
Lo peor de lo peor, es que los narcos ya vieron que sí pueden mangonear elecciones. Ese es el peligro mayor al que se refirió Muñoz Ledo para el 2024. Es un peligro real a la vista de que el gobierno aprobó la conducta de los delincuentes en los pasados comicios, cuando el Presidente dijo que se habían portado “en general, bien”.
Pero todo tiene solución. Quien quede al frente del Poder Ejecutivo en 2024, no deberá permitir que siga la penetración de la delincuencia en el aparato de gobierno, con riesgo a su propia autoridad y hasta su vida. Se requiere resucitar el Plan Mérida (con el nombre que quieran), para legalmente integrar desde el primer año de gobierno, un aparato de inteligencia apoyado por la tecnología de que dispone su par de los EU y también con su apoyo, instalar la fuerza de tarea necesaria en cada entidad del país.
Es muy desagradable meter a los EU en nuestros asuntos, pero es ineludible. Eso o el Diluvio.

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