José Antonio Molina Farro
Este conocimiento también podría llamarse ‘huida del mundo’. Así lo escribe Martin Burckhardt profesor en la Universidad Libre de Berlín. Y esto no es tan raro si se piensa que la lengua de los antiguos se caracterizaba sobre todo por unir contrarios (por ejemplo, el latín ‘altus’ significa tanto alto como profundo y el griego ‘thymós’ denota valor, cólera y alma, es decir, lo que podríamos llamar el caos de los sentimientos. Aunque creamos que con el conocimiento de uno mismo se toma el camino del perfeccionamiento, la exhortación de la gnosis (pues ‘gnóthi seautón’ significa conócete a ti mismo). está ligada en primer lugar a una tragedia. Esta tragedia comienza con el enigma con que la terrible Esfinge desafía al rey Edipo. Reza así: ¿cuál es el animal que camina en cuatro pies por la mañana, en dos a medio día y en tres por la tarde? (la respuesta es sencilla: el bebé anda a gatas, el adulto camina erguido, y el anciano con bastón, es decir, con tres piernas.) Aunque al resolver el enigma Edipo logra derribar a la Esfinge de su pedestal y liberar a Tebas de la tiranía del monstruo, después ha de pagar un alto precio por ello, pues es el deseo de conocerse a sí mismo lo que fuerza a Edipo a mirar cara a cara su propia culpa. Lo que es tan insoportable que prefiere cegarse. En realidad la historia de Edipo se puede ver como un ejemplo de la corriente intelectual que se denomina ‘gnosis’ o gnosticismo. Aunque la gnosis literalmente entendida coincide con el objeto del conocimiento de uno mismo, se convierte en una técnica privilegiada para huir del mundo, y precisamente en la medida en que, al hilo del alfabeto, se difunde algo parecido a una religión racional. Así, los pitagóricos, una asociación secreta del siglo VI a.C. no solo hicieron algunas aportaciones a las matemáticas sino que además introdujeron teorías esotéricas, por ejemplo, que el número es el origen de todas las cosas. Se podría interpretar la idea del puro símbolo como causa del dualismo gnóstico, pues despierta en las personas la fantasía de que también podrían ser tan puras e intachables como el símbolo que se percibe como sobrenatural.
Mientras que, en Platón, el hombre como morador de un mundo de sombras, solamente es capaz de ser reflejo de lo eterno, los gnósticos ya no se conforman con eso. Si en realidad es inherente al ser humano una naturaleza angélica, le corresponde un lugar en el paraíso aquí y ahora. ¿No participó antaño el ser humano mismo, como ser racional, de la verdad divina?. Pero si esto es así, ¿por qué no lo ilumina ya la luz divina sino que se ha sumido en un valle de lágrimas?
Con esta pregunta se inicia el drama gnóstico, que ahora ya no gira en torno al conocimiento de uno mismo sino que se trata sobre todo de presentarse como un ángel. En consecuencia hay aquí dos poderes irreconciliables opuestos; por una parte, el ser racional que es la persona, un ser espiritual e inmaculado y, por otra, la carne pecadora. Si se da preferencia a la segunda, sea porque uno coma carne, sea por que se entregue a la concupiscencia, expone al espíritu a una contaminación absoluta. La única posibilidad está en una dieta muy estricta y en un ilimitado desprecio del cuerpo (para lo cual -la vida es una paradoja – en ocasiones también puede ser adecuada una sexualidad excesivamente activa).
Sin embargo, puesto que el ser humano no es responsable de la vergüenza de haber sido encarcelado en su cuerpo, en los pecados de la concupiscencia y la fragilidad, habrá que pedir cuentas a otro. Si el puro símbolo es divino, su contrario no puede ser sino diabólico, el diabolon. Con esta reflexión, que además se podría interpretar como la invención del diablo, empieza el juego de Dios y el diablo, de cielo y tierra. Todo lo que tiene que ver con el nacimiento y el mundo, con las cosas de carne y hueso, es del demonio; todo lo que tiene que ver con el espíritu, la luz y lo inmaterial es la verdadera {naturaleza humana}, Si, de acuerdo con esta teoría, el ser humano es un ángel caído al que un malvado demiurgo ha encarcelado en un cuerpo pecador, no es sorprendente que la palabra griega sarx signifique {carne} y además tenga que ver con {sarcófago}. Dicho de otro modo: estoy enterrado en vida en mi cuerpo.
Los gnósticos niegan la corporeidad de Jesús, y en su lugar le atribuyen un cuerpo astral. Jesús bebió y comió de una manera singular sin excretar los alimentos. Después de aparecérsele a Juan Valentín dice: {En él los alimentos no se corrompían, pues el mismo era imperecedero y sin corrupción}.












