23 de abril de 2024

Boca cerrada: La Feria

SR. LÓPEZ

Este menda siempre imaginó que tía Joan se escribía Lloan o Yoan, pero no, era Joan como la Crawford (1904-1977), esa enorme actriz -güila en grado máximo-, de la que nadie se acuerda (tampoco de la tía). Ya difunta se supo que se llamaba Juana, por su acta de bautismo, que las señoras de cierto pedigrí de ese México, no tenían Acta de Nacimiento del Registro Civil, por ser trámite reservado a léperos que necesitaban un papel para ser alguien. Tía Joan era una señora muy agradable que chorreaba distinción y refinamiento sin ser afectada ni payasa: era así, naturalmente elegante; vivía en Toluca en una casa palaciega mejor amueblada que el castillo de Chapultepec (cuando lo ocupaban Max y Carlota).  Todo en la tía era clase y finura, jamás supo dónde estaba la cocina de su casa, ni mancilló sus manos tocando una cacerola, que estaban reservadas para Brahms, Chopin y Satie, en su piano de gran cola Boesendorfer, vienés (los Steinway eran para yanquis); comía el plátano con tenedor y cuchillo, desayunaba ‘huevos poché’ (hervidos en agua con vinagre), que ‘tibios’ les decían los patanes; y para hablar de cosas serias prefería hacerlo en francés. De tía Joan se murmuraba, pues era sabido que sus difuntos padres le heredaron todo, menos dinero -que no tenían-, y había diferentes versiones sobre el origen de su opulencia y de su hijo único pues jamás fue casada. El del teclado era de sus sobrinos nietos favoritos, el único al que prestaba libros y único con quien conversaba (la divertía, se ignora la razón). Ya muy viejita, le preguntó este López la verdad sobre su riqueza (suponiendo que así sabría el de su hijo, señor dedicado a la milicia ya casado y con nueve hijos), y negando levemente con la cabeza, suspiró: -‘La vérité est la vulgarité’ (la verdad es una vulgaridad) –y falleció casi de cien, sin abrir el pico y no ha habido ni habrá un fiambre más suntuoso que el de tía Joan (de museo). Hasta daban ganas de estirar la pata.

Sostiene López: sí, hay casos en que es mejor quedarse con la leyenda o con el dulce narcótico del no saber. A veces es mejor la mitografía que la historia. Nada más piense si no es mejor la versión de Homero de que Penélope, tejía de día y destejía de noche el sudario de su suegro, para no cumplir su promesa de casarse al terminarlo, esperando que apareciera vivo su marido, Ulises (Odiseo), rey de Ítaca, del que nada se supo 20 años, y la bola de pretendientes a casarse con ella (y quedarse con el reino), en la baba, creyendo que la señora tejía despacito (¡20 años sin acabar una sábana!); hasta que regresó el marido, mató a los pacientes galanes y disfrutó del lecho conyugal tan quitado de la pena. Preciosa versión para dar fulgor a la fidelidad de la buena esposa, cuando lo obvio es que los pretendientes esperaban con esa paciencia porque la dama ni tejía ni destejía, y los mantuvo muy entretenidos, de día y de noche, con un eficaz método del que no hace falta dar detalles (el chisme es de Apolodoro, no anda uno calumniando damas).

Igual el mito que es nuestra historia oficial, es mejor dejarlo como está, a venir a enterarse de la comedia de enredos y ordinarieces que realmente es o ¿qué de bueno saldrá de enterarse de la verdad sobre el ‘Padre de la patria’?, porque Hidalgo salió con eso de alzarse contra ‘el mal gobierno’ por no pagar sus deudas, enchiladísimo por el embargo de sus haciendas y para eludir la bronca por el aparente desfalco que hizo de los dineros del Colegio de San Nicolás (“La vida que lleva dicho señor cura me aseguran es una continua diversión o estudiando historia, a lo que se ha dedicado con empeño o jugando o en músicas, pues tiene asalariada una completa orquesta cuyos oficiales son sus comensales y los tiene como de su familia”; dice Antonio Pompa y Pompa, en el ‘Proceso inquisitorial y militar seguidos a D. Miguel Hidalgo y Costilla’, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1960, páginas 68, 74; o el testimonio de Ramón Pérez, comisario de la Inquisición: “(…) fue un jugador de profesión, tan disipado, que tenía abandonado cuanto tenía a su cargo”). No, la verdad escuece, conservemos la leyenda del aguerrido patriota, ¡Padre de la patria! (súbdito español, que murió sin saber que México existiría). Para ni mencionar que el propio Hidalgo y Allende, dicen crónicas infames de la época, coronaban la testa de un Corregidor de Querétaro, disfrutando los favores de su multípara esposa, Josefa (14 hijitos tuvo).

Otro mito que conviene no sacudir es el de la expropiación petrolera que no fue eso (el petróleo siempre fue del país, se nacionalizaron las empresas que lo extraían), acción ejecutada gallardamente… con previa autorización del presidente yanqui Roosevelt (Franklin, el Roosevelt bueno), y las directrices y asesoría del embajador de los EUA, Josephus Daniels, para echar de México a las empresas petroleras de Europa (estaba empezando la Segunda Guerra Mundial). Murió Pepe Daniels el 15 de enero de 1948 y Cárdenas escribió en sus Apuntes: “Ayer murió en Raleigh, Carolina del Norte, el señor Josephus Daniels (…) fue un gran amigo de México.” De ‘gesta’, poca. Y pagó el país hasta el último tornillo expropiado.

Igual nunca sabremos quién mató a Obregón ni a Colosio (ni los yanquis a Lincoln y Kennedy). Total, no van a resucitar. Hay verdades que de nada sirve saberlas.

Maquiavelo aconseja que cuando al Príncipe se le haga bolas el barniz y cumplir sus promesas sea imposible, mienta sin recato y ponía de ejemplo al papa Borgia, Alejando VI: “quien no hizo otra cosa más que engañar a los otros”.

No nos asuste la ensalada de mentiras sobre lo de Culiacán ni tanta otra cosa al uso. Lo que podemos reclamar airadamente es que no sepan ni mentir; cuando menos ese derecho tenemos, por respeto. Si la verdad es de dar vergüenza y han de mentir, cuando menos que se tomen la molestia de pensarlas. Señores, aprendan a mentir bien. O en todo caso, pase lo que pase, les digan lo que les digan, tengan la boca cerrada.

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