El análisis de un molar prehispánico con una incrustación de jadeíta aportó nueva evidencia sobre el conocimiento dental de los antiguos mayas. La pieza, conservada en la colección osteológica del Museo Popol Vuh de la Universidad Francisco Marroquín, en Guatemala, fue modificada cuando su propietario todavía vivía y constituye el primer caso documentado de una incrustación oclusal en un diente posterior dentro de esta civilización.
El estudio examinó un primer molar permanente inferior. En el centro de su superficie, justo donde convergen las cuatro cúspides principales, los especialistas identificaron una cavidad de contornos regulares. Dentro de ella permanecía fijada una pequeña pieza de jade mediante un material de cementación.
La tomografía mostró una reacción del diente vivo
Para determinar si la intervención ocurrió antes o después de la muerte, el equipo recurrió a una tomografía computarizada de haz cónico. Las imágenes revelaron una calcificación distrófica extensa en la cámara pulpar, una respuesta biológica que solo puede producirse cuando el tejido está vivo.
La cámara pulpar se encontraba bien conservada y presentaba rasgos compatibles con un adulto joven. Ese conjunto de señales permitió descartar que la incrustación hubiera sido colocada como una modificación funeraria o durante el manejo posterior de los restos.
La precisión del orificio también llamó la atención. La cavidad fue descrita como limpia, bien delimitada y cuidadosamente ejecutada. El procedimiento exigió controlar la profundidad de la perforación para evitar un daño irreversible, preparar el espacio, colocar el mineral y asegurar su permanencia con un cemento adecuado.
Un lugar poco habitual para la ornamentación
Las modificaciones dentales mayas conocidas se concentran principalmente en incisivos y caninos, dientes visibles que podían comunicar identidad, rango, afiliación o criterios estéticos. El molar estudiado se encuentra en la parte posterior de la boca, una zona difícil de observar y de trabajar.
Esa ubicación debilita la explicación puramente ornamental. Los investigadores consideran que la incrustación pudo haber tenido una función terapéutica o paliativa, aunque la evidencia no permite establecerlo con certeza. Tampoco se ha demostrado que el jade rellenara una lesión provocada por caries.
Otra posibilidad es que la intervención respondiera a una práctica simbólica poco común. El jade ocupó un lugar especial en las sociedades mesoamericanas por su color, durabilidad y asociaciones culturales. Sin embargo, el significado de esta pieza concreta no puede deducirse solo a partir del material.
Una técnica que amplía la historia de la odontología
El hallazgo desplaza la atención desde la apariencia de las modificaciones dentales hacia la capacidad técnica necesaria para realizarlas. Trabajar un molar implica acceso limitado, visibilidad reducida y riesgo de alcanzar la pulpa. La supervivencia del tejido y la fijación de la incrustación indican una intervención controlada.
La investigación fue desarrollada por especialistas vinculados con la Universidad Francisco Marroquín, la Universidad Autónoma de Yucatán y el Museo Popol Vuh. Su importancia radica en documentar una práctica que no había sido identificada en la superficie masticatoria de un diente posterior maya.
Un solo molar no basta para generalizar sobre los tratamientos disponibles en toda el área maya ni para atribuir una función médica definitiva. Sí demuestra, en cambio, que el repertorio de modificaciones fue más diverso de lo que mostraban los casos anteriores. La pieza conserva la huella de una operación delicada, realizada sobre una persona viva y con materiales capaces de permanecer unidos durante siglos.
Fuentes: Journal of Archaeological Science: Reports, Euronews, Museo Popol Vuh.












