19 de julio de 2026

La moneda


José Antonio Molina Farro

Junto con el alfabeto la segunda gran innovación que la antigua Grecia legó al mundo fue la moneda, es decir, la pieza de dinero en la que se ha impreso un valor nominal. Es cierto que ya mucho antes en la historia de la humanidad, hubo medios de canje, ya se tratara de metales nobles o de conchas de cauri. Pero lo que tiene de nuevo la moneda es que el valor del dinero ya no depende de la cantidad de metal, sino que está determinado por lo que lleva impreso. Si comparamos esta innovación con el alfabeto, vemos que el proceso es el mismo: al igual que el signo fonético se desliga de la imagen, el valor nominal se desliga de la materia de las monedas. Y al igual que el alfabeto trajo consigo un cambio radical en la sociedad, la difusión de aquellas monedas conllevó una revolución en el modo de pensar, una ruptura que de ningún modo pasó inadvertida para los griegos. Antes de 600 a. C.

En Egina, Atenas y Corinto se acuñan monedas, en las que se estampan los símbolos de la ciudad. Esto significa que la ciudad-Estado se adueña de un privilegio originariamente religioso, el dinero es secularizado. Desde el siglo VI a. C., el pago de intereses se hace habitual. Se generalizan los ejércitos de mercenarios.

Por ejemplo, el príncipe persa Ciro (muerto en 401 a. C.) se vale de mercenarios griegos en su lucha por el poder en el imperio aqueménida. El regreso de esta polis ambulante se narra en la Anábasis de Jenofonte. Burckhardt dixit.


No en vano denominaron época mítica al tiempo anterior a la invención de las medidas, y época histórica al posterior. Según se decía el rey Fidón de Argos dio lugar a esta transformación con la introducción del dinero y las medidas.

¿Pero cuál es el origen del dinero? Si preguntáramos a los economistas contemporáneos, su conjetura, sin un mayor conocimiento de la historia, dirían que se inventó por consideraciones prácticas. El sitio en que se desarrolló el dinero fue el templo en que los griegos rendían homenaje a una deidad oficial. Como entre los griegos el buey era la unidad de valor (se habla, por ejemplo, de un valor de cuatro bueyes, de doce bueyes, etc.) no es de extrañar que las víctimas preferidas para los sacrificios fueran los bueyes. Según lo que el oferente pidiera a los dioses, había que pagar una que otra tarifa sacrificial.

En las fiestas oficiales se mataban cientos de bueyes; por aliviar preocupaciones menores, los dioses aceptaban ofrendas también menores (la lengua, el rabo). Estaba reglamentado de esta manera, sobre todo, el pago a los sacerdotes y otras personas que tenían importancia para la fiesta sacrificial (cantantes y flautistas, cuerpos de guardia, herreros y alfareros que suministraban los utensilios necesarios). Si la deidad recibe el pernil, el sacerdote recibe la pata, y los demás ayudantes la parte asignada a cada uno. Si sobra algo, se reparte entre los ciudadanos. De este modo las partes del cuerpo del animal se convierten, por así decirlo, en una biomoneda.


Cuando, con el paso del tiempo, los sacerdotes obtienen más carne de la que pueden almacenar, aceptan los oboloi, es decir, los espetones usados para asar la carne. De hecho, el obolo es la unidad monetaria más antigua, y en Argos, la patria del rey Fidón, se utilizaron durante mucho tiempo los espetones como moneda (de ahí viene también la unidad monetaria dracma que significa “un puñado de espetones”).

Es fácil deducir que la forma de pago será otra, puesto que el óbolo ya no se utiliza para pagar la porción de carne correspondiente. En algún momento la moneda no tiene la figura de un espetón, sino que adopta la figura que hoy conocemos.

Desde luego, muchas monedas al imitar figuras de animales, mantuvieron durante mucho tiempo la ficción de que eran víctimas de sacrificios.
Muy pronto, la moneda, cuya función se ceñía sobre todo al culto sacrificial y al pago de emolumentos a los sacerdotes oficiales encargados de él, irrumpe en la vida cotidiana. Ya en el siglo VI a.C. existen los mercenarios, y en el VI se ha desarrollado un mecanismo como el pago de intereses.

Cuanto más se secularizan las ciudades-Estado griegas, la moneda deja de ser un símbolo de los dioses para pasar a serlo de la sociedad. En lo sucesivo, quien garantiza el valor de la moneda ya no son los sacerdotes sino la autoridad secular. Aunque Aristóteles afirmara que el valor de la moneda no es nada más que un acuerdo colectivo, los funcionarios de Hacienda de la Grecia actual se llaman colacretas, que viene a ser recaudadores de perniles. Burckhardt bídem.

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